portada un cero a la izquierda

EDUARDO TERNERO. Dicen que cuando te llega, después del laburo, la hora del jubileo; cuando se aproxima el merecido descanso, por haber estado tantos años al pie del cañón, te encuentras en la tesitura del cómo llenar las mañanas desde la hora del desayuno hasta el momento milagroso de la birra fresquita y desde el café vespertino hasta el telediario/cena.

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EDUARDO TERNERO. Llevo un tiempo extraño, no sé si será por la toma excesiva de sol, por el relax del verano que está tocando los clarines de su finiquito, por la alimentación (tanto gazpacho y sandía), la consiguiente falta de proteínas y riego cerebral. Pudiera ser porque a uno le esté amenazando la hora del cambio de etapa y, como con la pubertad, se producen cambios hormonales. ¿Un poco de todo? Tal vez.

 

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portada septiembre jubileo

EDUARDO TERNERO. El año Juliano se estableció en 365’25 días, el tiempo aproximado que nuestro planeta tarda en dar una vuelta orbital al Sol, siguiendo su ruta gravitatoria de traslación. Pero con sus cálculos se perdían tres días cada cuatro siglos. Sería en 1582 cuando el Papa Gregorio XIII, tras informe de sus astrónomos, definió el calendario que hoy tenemos. La diferencia entre ellos es que en el Gregoriano no son bisiestos los años que son múltiplos de 100, excepto los divisibles por 400. Haciendo la cuenta, el Juliano ha perdido 13 días desde su creación.

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et oreja

EDUARDO TERNERO. Hace mucho, mucho… un compañero laboral me pidió que dijera a la chica que le gustaba y que no le correspondía, que él había sufrido un accidente. Quería saber el grado de amor… que ella le dispensaba, la reacción que tendría al enterarse. Cumplí el encargo, porque la mente humana es así de enrevesada y por la inexperiencia de la edad. Desde luego, aquello para él era lo más importante de su vida en aquel momento. El resultado de la experiencia no se lo voy a desvelar, pero casi tuvimos tragedia. ¡Cosas de la vida!

 

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hambre atrasada
EDUARDO TERNERO. Uno de esos días de verano, distendido, mientras dirigía la vista a las vitrinas de una carnicería, haciendo cuentas y previsiones, no tuve más remedio que escuchar a quienes me precedían en el turno: un octogenario y su nieta. Ésta, “metidita en carnes” como decimos aquí, se empecinaba en comprar filetitos de pechuga de pollo, mientras él quería montar una orgía entre chorizos, morcillas, y tocino de hoja (ahora bacon). En esto que el carnicero les suelta: “Hoy prefieren pasar hambre y estar monas…” observé la cara del abuelo; solo espetó un ¡Oooh!... con eso, lo dijo todo.

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