Semana Santa 2016

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El mediodía de Viernes Santo da el relevo a la mística mañana y deja ante sí en Marchena un nutrido cortejo de nazarenos, soldados romanos y soldados a caballo que caminan tras los pasos de Nuestro Padre Jesús Nazareno, antecedido de numerosos cuadros y enseres que reflejan la Pasión y que constituyen otra de las particularidades de la hermandad. Las nuevas capas rojas de la centuria que sustituyen a las amarillas, la alegría del numeroso cuerpo de paveros antes de avistarse el paso de San Juan El Evangelista, el arte costalero bajo las trabajaderas de las Lágrimas, los característicos sones de las cadenas atadas a los pies de los nazarenos por calle Carreras o el rezo de un costalero de rodillas en el centro de la calle Las Torres, son algunos de los variados momentos que deja una procesión vista a ras de suelo y desde lo alto, en la que sobriedad y colorido se dan la mano en el Viernes Santo marchenero. (Agradecimientos a Cristina Suárez, Juan Luis Vega y Ángel Suárez).


 Todo lo preside el rostro que da luz a Marchena, el de Nuestro Padre Jesús Nazareno, como diría el pregonero joven de este año, Juan Antonio López Carmona, el rostro de Dios en la tierra.

Ya llega por calle Carrera en un amanecer tan diverso como el cortejo procesional, que amaga primavera idílica pero que deja un desagradable viento y un cielo gris por momentos, y por otros despejado.

La afluencia de público es buena en líneas generales, concentrándose en la segunda mitad de la calle Las Torres y a partir de los Cantillos una notable cantidad de marcheneros, aunque tampoco camina sólo Jesús a la salida del Mandato.

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Le anteceden cuadros de la Pasión, muchísimos, y enseres portados por los nazarenos, como el representativo pan, la tabla de los diez mandamientos, o cuadros como el de los azotes a Jesús o de milagros como que resucitaba a los muertos. Un museo andante de la Pasión del Señor que es llevada a hombros por penitentes con cruces y que se ciñe al empedrado en los pies de nazarenos que arrastran cadenas cuyo sonido, cuando llegando aún no se ve, marca por donde transcurre la procesión.

Y viene Jesús con su túnica color burdeos después de seis años, ya que desde 2010 no salía a las calles con ella, cargado con la cruz de carey y en monte de rojos claveles, con su corona de espinas.

Paz y calma transmite Jesús en su mirar, aunque si se observa desde otro perfil, es de hiriente realismo el gesto sufriente de su boca semiabierta, su cuello ensangrentado y sus ojos manifiestamente concentrados. Quienes lo han visto en su traslado al paso, le comentaban a quien les escribe, han quedado profundamente impresionados cuando sobre sus ojos se cierne la figura de Nuestro Padre Jesús Nazareno, rostro de misticismo también a la luz del día.

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Tanto desde abajo como desde la altura se hacen visibles los estrenos de espadas, corazas y sobre todo las 85 capas de tropa y caballos y las 350 plumas nuevas que estrenan los soldados de la Centuria Romana Nuestro Padre Jesús Nazareno, cuya banda también es romana y sigue un año más al Señor de Marchena.

Las capas han cambiado el amarillo por el rojo y brillan como lo nuevo, aunque por su color, son más sobrias que las anteriores. No faltarán nunca soldados en esta nutridísima Centuria que desfila con gran orden y a la que siguen aproximadamente una decena de soldados a caballo en otra clásica estampa, única en nuestra Semana Santa.

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Tras la cruz de Jesús, arrodillado, un costalero reza cargando sus penas, en mitad de la calle Las Torres. Poco más de media hora después, cuando la cruz de Guía está ya entrada en calle Guillermo, la Virgen de las Lágrimas aún navega por ese preciso punto de esta histórica calle, el mismo aproximadamente, sin que apenas nada del paisaje haya variado, tomara una fotografía del paso en 1900 (cartel de la Revirá), el vasco Salvador Ramón de Aspiazu.

En esta ocasión, el grupo de acólitos la escolta. Se estrenan cuatro ciriales y pértigas fabricados en los talleres Villarreal de Sevilla y un simpecado 'sine labe concepta'.

Anteriormente, las palmas tan propias de la feligresía de San Miguel son portadas por nazarenos que completan los cuadros de la pasión, uno de ellos especialmente simbólico en este tramo como el de las Mujeres en Jerusalén, en el que se destaca la fidelidad y fe auténtica en Jesús de aquellas mujeres, al igual que en las muchas marcheneras que un Viernes Santo más han caminado detrás del Señor durante todo el recorrido en gesto admirable de devoción.

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El arte al Viernes Santo iluminado de claveles rosas a juego con el rostro de la Virgen y de azules faldones, vestidos y palios, lo pone la cuadrilla de costaleros de las Lágrimas, que no quiere que su virgen llore y la mecen sintiendo la pasión del costal y la fe a su amada titular.

Es un momento de gran disfrute para ellos porque los Cantillos siguen teniendo un sabor especial en la Semana Santa de Marchena y en particular en el momento en el que pasa la Virgen de las Lágrimas, que se agranda en este enclave en el que Carlos Hidalgo, capataz y su equipo, miman, miman y vuelven a mimar a la Virgen y a sus costaleros ofreciendo momentos de dulzura a todos los que se concentran en estas cuatro esquinas señeras de Marchena.

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Antes, han despertado la alegría de todos, los paveros, esa legión de traviesos niños vestidos de blanco y morado que simplemente disfrutan como enanos del gentío, del bullicio y de sus primeras sensaciones cofrades, llenando de incienso el ambiente y entregando caramelos y chucherías a todos, en sana competencia con cualquier carroza de Reyes Magos que se precie.

La simpatía de estos niños y niñas da paso al entusiasmo en esta cadena de juvenil ímpetu, fuerza que también caracterizaba a San Juan el Evangelista, encomendado a la Virgen por Jesús y que arranca aplausos a su llegada a los Cantillos bajo los sones de la Agrupación Musical Veterana de Sevilla.

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Uno regresa pensando en las palabras honestas y profundas del último joven pregonero, Juan Antonio López Carmona, cuando contaba cómo por San Miguel hacia arriba, en paralelo a la calle Sevilla por la que la cofradía pronto discurre, le venían esos pensamientos plasmados en bellas palabras que de su corazón nacieron. Pronto Jesús volverá a envolver de misterio el interior de la parrquia San Miguel, hacia donde la riada de marcheneros se desplaza. Copan la mente las palabras que ponían fin a ese Pregón, versos por y para Jesús de un pregonero que lo siente y lo vive y que así lo recitó, siendo voz y testigo de una devoción eterna:

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"...Eres la noche y el día
la realidad divina y 
la realidad humana.
Eres el cielo y la tierra.
Gigantescas piedras
colisionan en un alma
frustrada que pende 
de un delicado hilo.
A Ti, que siempre
me tienes en vilo.
¡Hoy te digo Jesús Nazareno, 
que me quiero morir contigo!


 

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