Semana Santa 2016

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De Jesucristo se destacó siempre su entereza hasta el último hálito de la vida, la resistencia digna ante la humillación, al punto de parecer sobrenatural, entrelazándose las dimensiones de lo humano y lo divino, las mismas que coexisten cuando cada Viernes Santo sale a las calles de Marchena el Santísimo Cristo de San Pedro.


Enorme expectación en la Plaza del Ayuntamiento de nuestra localidad. Entre este enclave, Rojas Marcos y San Francisco, podemos calcular que entre dos mil y tres mil personas se han echado a las calles para ver la procesión que cierra el Viernes Santo y que por su carácter lúgubre casi podría poner el cerrojo a la Semana Santa.

 La plaza del Ayuntamiento ha presentado un gran aspecto para presenciar la esperada salida de la hermandad del Santísimo Cristo de San Pedro, María Santísima de las Angustias, Nuestra Señora del Rosario y San Juan Evangelista.

Los penitentes y cortejo procesional guardan una visión privilegiada desde la altura cuando salen a las calles, imaginamos que motivados ante tal expectación del pueblo de Marchena. Túnicas y antifaces negros y los característicos cíngulos y cirios de color rojo-sangre forman parte del equipaje que pondrá luz en la oscuridad de las callejuelas marcheneras al paso de las imágenes.

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Mientras tanto, en el interior de la Iglesia ya se escucha el tradicional miserere por los cantores y la capilla musical, mientras los capataces Lorenzo Salvador y Alfonso Andrés tiran de veteranía para salir con pulcritud y elegancia después de bajar la cruz plateada para evitar que golpee con el pórtico.

La emoción, contenida pero profunda por estos lares, se guía por las miradas y los silencios, o por una saeta al Cristo en voz oculta bajo un capirote, como a partir de la salida irán los capataces conservando esta tradición cristera, tanto los del paso de Misterio como los de palio.

Hoy ha salido el Cristo a las calles en plena noche, por lo que sí han existido esas nubes tan propias de Viernes Santo en Marchena, difícilmente se han podido apreciar.

Las quintas se han repetido por calle San Francisco, evidenciando de manera fidedigna lo que representa el paso del Cristo de San Pedro, y a él le han cantado: "...la luna sangre vertía, el firmamento temblaba, las duras piedras se abrían, al ver que Cristo expiraba”, a lo cual sigue la expresión conocida de ‘Santísimo Cristo de San Pedro’.

De esta forma, el público contempla absorto y casi imperceptiblemente, un gesto contenido, un nudo en la garganta, una sensación de escalofrío se apodera de quienes lo miran, que no es lo mismo que aguantarle la mirada, pues el Cristo de San Pedro vence y cuando se acerca a pie de público se eleva a tal grandeza a pie de calle visto, que cuesta mantenerle el pulso, aún medio muerto que va en su Cruz.

Cruces negras de fieles penitentes le acompañan, tras su emblemático dosel carmesí distintivo de este paso.

Por delante, en su rostro, en sus violentas heridas, se sigue desentrañando el misterio de si la imagen es más cadavérica que viviente o viceversa, pues pese a que en su último suspiro se haya el Cristo (recientemente Jesús Solano interpretaría este pasaje bíblico con la trompa en recital poético-musical), la fuerza inconmensurable de su presencia es evidente, pese al esquelético cuerpo que refleja la dureza de su condena y la cercanía del fin.

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Igual sucede con nuestra Semana Santa que apenas hace 48 horas solo tenía dos procesiones ‘encerradas’, como se dice en Marchena, la Borriquita y la Humildad, y que mañana pondrá su broche final con Cristo muerto.

El de hoy no se sabe como está, si resistiéndose a su destino o vencido por la crueldad. En todo caso es el Cristo de San Pedro y todo huele en su aura a última expiración antes de morir, en gesto de gallardía y coraje que quiere sobreponerse a su evidente angustia.

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Angustia que huele a incertidumbre, angustia metáfora de tener que remar contracorriente en los retos y problemas a veces aparentemente irresolubles del día a día, angustia en el rostro del Cristo de San Pedro que es reflejo del horror, horror que este mundo en el que estamos (es real y no sólo televisado o difundido en los medios de comunicación), vivimos y sentimos cada vez más cerca, quizá con parte de culpa el ciudadano de a pie con su complacencia e interés, quizá con absolutamente ninguna por ser difícilmente imaginable el calado endemoniado de gobernantes de los más diversos puntos del mapa y del globo y porque entre la gente común aún hay quienes están muy por encima de quienes rigen nuestros destinos.

En la noche de Viernes Santo en Marchena, en todo caso, lleva las riendas el Santísimo Cristo de San Pedro, y en la complejidad de su misterio que reposa en monte de claveles rojos, nos sumerge llevándonos a hondas y particulares reflexiones, a cada cual.

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Con su rostro desgarrado y la sangre chorreando por su cuerpo, Marchena, como diría la quinta, tiembla y se abre a su paso, por eso manda en su noche sin que nadie lo discuta.

No quiere palmas ni ovaciones como cuando se le recita un poema, pues no hay nada que celebrar, sólo se debe imponer el silencio, la reflexión y el paso adelante que marcan los golpes en seco de llamador.

Camina el Cristo de San Pedro a pequeños tramos rápidamente y con numerosos pero brevísimos descansos, entre el respeto de los marcheneros que sigue siendo un plus más alto hacia esta Cofradía cuyo orden y rigor es indiscutible. No obstante, siempre nos gustaría que con todas las hermandades, e incluso también con el Cristo, fuera al menos el momento de paso de la cofradía, momento de más silencio y menos jaleo, pues hay tiempo para estos últimos. A veces se impone el respeto, en Marchena, casi siempre, pero a poco que el 20 por ciento del público (en ocasiones aún más), emprenda la charla continua en lugar de presenciar el evento como debería ser, el deslucimiento invisible e intangible, pero sensible, de las procesiones, es evidente, a nuestro modesto entender.

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Al Santísimo Cristo de San Pedro lo sigue la Virgen María en la advocación de las referidas angustias, acompañada por el discípulo San Juan Evangelista, que le ofrece humilde consuelo, aunque en realidad, parece mutuo. El número de penitentes, especialmente de niños, es bastante considerable en este tramo.

Saya color beige de sabor añejo y como en el paso de misterio, un excelente cuerpo de acólitos, antecede a esta imagen muy elegantemente vestida al igual que se percibe con sus adornos florales.

El párroco de San Sebastián, y monaguillos, al igual que mujeres de promesa que también han acompañado al Cristo, caminan tras la Virgen de las Angustias.

La banda Villa de Marchena con marchas de diversa índole como Margot y Amarguras mece a la Virgen de las Angustias, máxima expresión de este sentimiento de honda meditación, dolor y tristeza que alberga la procesión de Viernes Santo por la noche en  la penúltima parada de nuestra Semana Santa, en los estertores de la muerte de Cristo.

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