Semana Santa 2016

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Pasarán años, décadas, quizás siglos, nos iremos unos y vendrán otros, pero la fe al Señor de Marchena y el rito del Mandato permanecerán por siempre. Cada Viernes Santo las miradas se clavan en el rostro sereno de Nuestro Padre Jesús Nazareno en señal de plegaria y de agradecimiento. Los latidos de los corazones se aceleran y un manantial de sentimientos que brotó de madrugada en San Miguel, recorre el barrio de San Juan entre lágrimas, a veces contenidas, a veces desbocadas.


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   Desde el balcón del antiguo Ayuntamiento, el sacerdote José Tomás  Montes se dirige a los presentes narrando la Pasión de Cristo, un soldado de la guardia romana dicta Sentencia y un niño nazareno canta el denominado Pregón del Ángel. Momento sublime que culmina cuando la Verónica enjuga el rostro de Cristo que muestra grabado en el lienzo y Jesús bendice al pueblo con el ritual movimiento de su mano derecha que dibuja la señal de la Cruz.

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La Centuria Romana, a pie y a caballo y la banda de cornetas y tambores de la propia Centuria Romana de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Marchena y Nuestra Señora del Carmen de Paradas dan realce un año más a esta secular tradición marchenera, acompañando a los bellísimos pasos de Nuestro Padre Jesús, la Virgen de las Lágrimas y San Juan Evangelista, en el que por cierto debutaba como capataz Jesús Moreno Reina, con la ilusión de algún día poder dirigir el paso de su amada Virgen.


Pero lo cierto es que cada una de las personas que se congregan el Viernes Santo en la Plaza Ducal lleva en lo más profundo de su alma su propio pregón, impregnado  de sentimientos y de nostalgia, de vivencias y de ilusiones, de súplicas al Nazareno, con un nudo en la garganta y un pellizco en el corazón que sufre por el enfermo, por el parado, por el desahuciado, por el marginado, por el amor, por el desamor, por el hijo ausente, o por la madre que este año ya no va detrás de Él, porque hoy su balcón es privilegiado.
Hoy es Viernes Santo, y aquí están. Marcheneros y marcheneras, de cuna y de raíces, que un día tuvieron que atar su desvencijada maleta con un "gilillo" para matar el hambre, pero que nunca olvidaron sus tradiciones, y que nada más llegar al destino, desempolvaron la estampa de Nuestro Padre Jesús Nazareno para colocarla en un lugar preferente de sus humildes moradas.

Un día primaveral les dio la bienvenida a su casa, a su tierra, a su Semana Santa, una tradición que perdurará por los siglos de los siglos, independientemente de creencias y de no creencias.

Mientras haya un patio con geranios, mientras alguien disfrute con el olor de una túnica recién planchada, mientras una saeta te desgarre el alma, mientras una madre en la agonía de su muerte sólo acierte a decir "Nuestro Padre Jesús", ese manantial de sentimientos jamás se secará. 

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